HOY
EN LA CIUDAD
TODOS,
ABSOLUTAMENTE TODOS,
SE
LEVANTARON CON GRANOS DE AZÚCAR
EN
LOS LABIOS.
PERO
SÓLO SE DIERON CUENTA
LOS
QUE, AL DESPERTAR ,
SE
BESARON.
(Literal. Autor?)
Había una vez
cuatro individuos llamados Todo-el-Mundo, Alguien, Nadie y Cualquiera.
Siempre que había un trabajo que hacer, Todo-el-Mundo estaba seguro de
que Alguien lo haría, Cualquiera podría haberlo hecho, pero Nadie lo
hizo.
Cuando Nadie lo hizo, Alguien se puso nervioso, porque
Todo-el-Mundo tenía el deber de hacerlo. Al final, Todo-el-Mundo culpó a
Alguien cuando Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.
(Literal. Autor?)
LA
PRIMERA VEZ QUE SE JUGÓ AL ESCONDITE
(Anónimo,
versionado por mí).
Cuentan
(y es verdad) que hace muchos, muchísimos años (antes incluso de
que existieran los dinosaurios), se reunieron en un lugar de la
Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres; cuando el
aburrimiento
había bostezado por tercera vez, la locura,
tan loca como siempre, les propuso: “¿Jugamos al escondite?”. La
intriga
levantó la ceja intrigada y la curiosidad,
sin poder contenerse, preguntó: “¿Al escondite? Y... ¿cómo es
eso?”, “es un juego –explicó la locura-
en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un
millón mientras todos os escondéis y, cuando yo haya terminado de
contar, el primero de vosotros que yo encuentre ocupará mi lugar
para continuar el juego”.
El
entusiasmo
bailó secundado por la euforia,
la alegría
dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda
e incluso a la apatía,
a la que nunca le apetecía hacer nada; pero no todos quisieron
participar: la verdad
no quiso esconderse, para qué si al final la iban a hallar...; la
soberbia
opinó que era un juego muy tonto, pero en el fondo, lo que le
molestaba, era que la idea no hubiera sido suya; y la cobardía
prefirió no arriesgarse.
“Un,
dos, tres” comenzó a contar la locura.
La primera en esconderse fue la pereza
que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino,
la fe
subió al cielo y la envidia
se escondió tras la sombra del triunfo
que, con su propio esfuerzo, había logrado subir a la copa del árbol
más alto; la generosidad
casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía
maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino
ideal para la belleza,
que si la sombra de un árbol, perfecta para la timidez,
el vuelo de una mariposa, lo mejor para la voluptuosidad,
una ráfaga de viento, genial para la libertad,...
Así que terminó por ocultarse en un rayo de sol. El egoísmo,
en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: cómodo,
ventilado, pero eso sí, para él solito. La mentira
se escondió en el fondo de los océanos... ¡mentira! En realidad se
escondió detrás del arco iris, y la pasión
y el deseo,
en el centro de los volcanes. Por las estrellas se escondieron los
sueños
y detrás de la Luna, la imaginación.
El olvido...
el olvido
se me olvidó dónde se escondió, pero eso no es lo importante;
cuando la locura
contaba 999.999, el amor
no había encontrado todavía sitio para esconderse, y es que dicen
(y es verdad) que cuando uno está enamorado, el amor es difícil de
ocultar... Todo se encontraba ocupado, pero, al final, divisó un
rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores...
“Un
millón” terminó de contar la locura
y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la pereza,
sólo a tres pasos de la piedra; después escuchó a la fe
discutiendo con Dios en el cielo sobre teodicea, y a la pasión
y al deseo
los sintió en el vibrar de los volcanes... En un descuido encontró
a la envidia
y, claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo;
al egoísmo
no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite
que había resultado ser un nido de avispas... De tanto caminar
sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la belleza;
con la duda
resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una
cerca sin decidir aún de qué lado esconderse. Así fue hallando a
todos: el talento
entre la hierba fresca, la angustia
en una oscura cueva, la mentira
detrás del arco iris, los sueños
en las estrellas, tras la Luna la imaginación,...
y hasta al olvido,
que ya había olvidado que estaba jugando al escondite; pero sólo el
amor
no aparecía por ningún sitio, y es que dicen (y es verdad) que
cuando al amor lo buscas, no aparece, él no va... La locura
buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la
cima de las montañas y, cuando estaba a punto de darse por vencida,
divisó un rosal. Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas
cuando, de pronto, un doloroso grito se escuchó: las espinas habían
herido en los ojos al amor.
La locura
no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió
perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Y así fue como, desde
entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la
Tierra, el amor
es ciego y la locura
lo acompaña.
(Almudena
–Nov. de 2000).
VENTANA
SOBRE LA LLEGADA
Mis padres me bautizaron en el río
de mi pueblo y, en el bautismo, me enseñaron lo sagrado:
Me regalaron una caracola para
aprender a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro
preso para enseñarme a amar el aire.
También me enseñaron lo sagrado
regalándome una flor violeta, para aprender a amar la tierra.
Y una pequeña botella cerrada, de
la que me dijeron: "no la abras, no la abras nunca: para
aprender a amar el misterio".
(Almudena A.I., Mayo de 2004,
basado en un fragmento de Eduardo
Galeano).
LA
RESURRECCIÓN DEL PAPAGAYO
Se asomó, se mareó y se cayó. El
papagayo se cayó a la olla que humeaba y se ahogó en la sopa
caliente, por curioso.
La niña, que era su amiga, lloró.
La naranja se desnudó de su cáscara y
se le ofreció de consuelo.
El fuego que ardía bajo la olla, se
arrepintió y se apagó.
Del muro se cayó una piedra.
El árbol, que estaba inclinado sobre
el muro, se estremeció de pena y todas sus hojas fueron a parar al
suelo.
Como todos los días, llegó el viento
a peinar el frondoso árbol y, al encontrarlo pelado, perdió una
ráfaga.
La ráfaga abrió una ventana, anduvo
sin rumbo por el mundo y subió al cielo.
El cielo, al enterarse de lo ocurrido,
se quedó pálido.
Y, al ver el cielo blanco, el hombre se
quedó sin palabras.
El alfarero del pueblo quiso saber.
Cuando el hombre, por fin, recuperó el habla, le contó:
que el papagayo se había ahogado,
que la niña había llorado
y que la naranja se desnudó y se le
ofreció de consuelo,
que el fuego, arrepentido, se había
apagado,
que del muro cayó una piedra
y que el árbol perdió todas sus
hojas,
que el viento perdió una ráfaga,
que la ventana se había abierto,
que el cielo se quedó sin color
y el hombre sin palabras.
Entonces, reunió el alfarero toda
la tristeza y, con ésta y los otros materiales, hizo renacer al
muerto... El papagayo que surgió tenía
plumas azules de cielo,
verdes de las hojas del árbol
y plumas rojas de fuego,
también tuvo agua de lágrimas para
beber
y con su pico, duro de piedra y
dorado de naranja
tuvo palabras humanas con las que
hablar
y, al descubrir la ventana abierta
para escaparse,
¡se montó en la ráfaga de viento
para volar...!
(Almudena
A.I., Mayo de 2004. Mínimamente transformado por mí, menos la
cursiva,
que no
pertenece a la historia, sino que la inventé yo como final para mi
cuento)
SI
LOS TIBURONES FUERAN HOMBRES
(Literal, Bertold
Brecht)
"-Si
los tiburones fueran hombres -preguntó al señor K la hija pequeña
de su patrona- ¿se portarían mejor con los pececitos?
-Claro
que sí -respondió el señor K- Si los tiburones fueran hombres,
harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con
toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias
animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua
fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por
ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, enseguida se la
vendarían de manera que el pececito no se les muriera prematuramente
a los tiburones.
Para
que los pececitos no se pusieran tristes, habría, de cuando en
cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen
mejor sabor que los tristes.
También
habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se
enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones.
Necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los
grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal
sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les
enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un
pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a
tener fe en los tiburones, y a creerles cuando se les dijese que
ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a
entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría
asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían
guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier
inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo
mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo
inmediatamente a los tiburones.
Si
los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre
sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón
obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada
tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los
pececillos de otros tiburones, existe una enorme diferencia. Si bien
todos los pececillos son mudos, proclamarían; lo cierto es que
callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A
cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos
enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una
medalla de valor y se le otorgaría, además, el título de héroe.
Si
los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría
hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los
tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines
de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar
mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las
fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus
sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un
ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por
la banda, dentro de esas fauces.
Habría
a sí mismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa
religión enseñaría que la nueva vida comienza para los pececillos
en el estómago de los tiburones.
Además,
si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser
todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos,
lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos
que fueran un poco más grandes, se les permitiría incluso tragarse
a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con
agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más
gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían
de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían
maestros y oficiales, ingenieros especializados en la construcción
de cajas, etc.
En
una palabra: si los tiburones fueran hombres, habría por fin una
cultura en el mar."
(BRECHT,
Bertold: Si
los tiburones fueran hombres,
en Historias
de almanaque,
Alianza; Madrid, 1979, pág. 133).